Y por qué no si es un ser humano y, al igual que a muchos, tiene que trabajar bajo fuerte tensión y presión de sus superiores. El blog de Octavio Rojas (que dicho sea de paso, nos redirecciona a los post de tuatú para tener un conocimiento más detallado) muestra los estudios recientes que se han realizado a propósito de esta “enfermedad del siglo XXI”.
No obstante, el comunicador social fuera de ser uno más en el mundo laboral, también está supeditado a su lugar de trabajo que lejos de ser un tema aislado como fuente económica, es uno de los causantes de fuertes tensiones que se llevan a casa y que, con conocimiento de causa, producen efectos negativos en la relación familiar. Es bastante usual la frase de “los problemas del trabajo se quedan fuera de la casa y viceversa”, pero no siempre es así. Gran parte de nosotros tenemos esa (digamos) alta responsabilidad laboral y por ello, nos dejamos acumular de trabajo cuando bien podíamos haberlo discutido antes y tomar decisiones adecuadas llegando a un acuerdo con nuestro jefe.
Influye mucho la calidad de comunicación que se tenga en nuestra área de trabajo (como ya lo mencionaba en un comentario anterior) pero lo más grave aquí es: ¿Qué pasa cuando nosotros asumimos el puesto de los jefes? De subordinados podemos tener la capacidad de absorber todo lo que sucede en nuestras oficinas, llámense conflictos laborales, celo profesional, etc., mas no es responsabilidad nuestra resolverlo todo, mientras que el llamado a resolver los problemas que se generen dentro de una organización es el Jefe, que no siempre tiene las herramientas, ni el apoyo necesario para hacerlo y confluye en una situación caótica en la que se ve tentado a explotar en otras situaciones de su vida como lo es el hogar que, sin tener la culpa, termina siendo el principal afectado por esta causa. Entonces, lo primero es intentar ponerse en los zapatos del otro, tratar de calmarse un poco… respirar… y ver las circunstancias por las que estamos haciendo mal las cosas.
No obstante, el comunicador social fuera de ser uno más en el mundo laboral, también está supeditado a su lugar de trabajo que lejos de ser un tema aislado como fuente económica, es uno de los causantes de fuertes tensiones que se llevan a casa y que, con conocimiento de causa, producen efectos negativos en la relación familiar. Es bastante usual la frase de “los problemas del trabajo se quedan fuera de la casa y viceversa”, pero no siempre es así. Gran parte de nosotros tenemos esa (digamos) alta responsabilidad laboral y por ello, nos dejamos acumular de trabajo cuando bien podíamos haberlo discutido antes y tomar decisiones adecuadas llegando a un acuerdo con nuestro jefe.
Influye mucho la calidad de comunicación que se tenga en nuestra área de trabajo (como ya lo mencionaba en un comentario anterior) pero lo más grave aquí es: ¿Qué pasa cuando nosotros asumimos el puesto de los jefes? De subordinados podemos tener la capacidad de absorber todo lo que sucede en nuestras oficinas, llámense conflictos laborales, celo profesional, etc., mas no es responsabilidad nuestra resolverlo todo, mientras que el llamado a resolver los problemas que se generen dentro de una organización es el Jefe, que no siempre tiene las herramientas, ni el apoyo necesario para hacerlo y confluye en una situación caótica en la que se ve tentado a explotar en otras situaciones de su vida como lo es el hogar que, sin tener la culpa, termina siendo el principal afectado por esta causa. Entonces, lo primero es intentar ponerse en los zapatos del otro, tratar de calmarse un poco… respirar… y ver las circunstancias por las que estamos haciendo mal las cosas.
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